HISTORIAS HÍPICAS

LOS PRIMEROS HIPÓDROMOS DE MONTEVIDEO

Desde épocas remotas existieron carreras primitivas en toda la extensión del actual territorio uruguayo.
Al promediar el siglo pasado las «pencas» o «cuadreras», ya constituían diversión favorita del hombre de campo, y su atracción abarcaba la población de las ciudades más importantes, especialmente Montevideo.
La disponibilidad de excelentes caballos nativos y la habilidad de los jinetes contribuían al éxito de las carreras que contaban con pleno apoyo popular.

Los primeros informes que sobre “Carreras de Caballos” ofrecen los diarios de Montevideo de la segunda mitad del siglo XIX consignan que los circos hípicos surgieron en esta ciudad por iniciativa de miembros de la colonia británica de nuestro país y con el apoyo de connotados miembros de la alta sociedad montevideana.

El diario “ Comercio del Plata” en su edición del viernes 8 de diciembre de 1854 informaba: «El asunto de importar en­tre nosotros las “Carreras Inglesas”, parece que esta vez cobra mejor aspecto y aún puede creerse que tendrá éxito, antes de muchos días. Hemos oído decir que antes de ayer había ya unos 60 suscriptores que se cotizaban cada uno con media onza, y nos agregaron que todo hacía creer que muy pronto el número de aquellos será bastante para reunir el fondo que se necesita para establecer definitivamente en Montevideo las «Carreras Inglesas». Tenemos entendido que a la sazón se busca el terreno donde, ha de hacerse el Circo, y que hay probabilidades de obtener un local a propósito, si bien hemos oído indicar uno; que está algo distante de la ciudad. Oportunamente recabaremos otros pormenores”

A los pocos días, en su edición del 14 de diciembre publicaba el “Primer Llamado de Carreras” con texto, premios y distancias en idioma inglés, el cual se volvió a publicar en las 10 ediciones subsiguientes del periódico. A partir de allí se publica en idioma español hasta el mismo 8 de enero de 1855, fecha en que tuvieron lugar las primeras carreras a la “inglesa”.
La Nación el día 8 de enero de 1855 reflejaba el interés que las llamadas carreras extranjeras habían despertado entre la población de todo el país: «Llegó por fin el día deseado para esta diversión nueva entre nosotros y que había sido anunciada de antemano. Su novedad ha sido siempre, la que causa todo lo que es nuevo.
Días hacía que de la campaña empezaron a venir algunas gentes para ver las carreras inglesas, lo mismo que de Buenos Aires, donde se han visto ya».

El “Primer” Programa de Carreras estructurado en el País constó de 5 competencias, comenzando a la hora “una” y finalizando a las “cinco de la tarde”, con premios de 3 a 6 “onzas” al Ganador, más las “entradas” de 3, 5 y 6 “patacones“ por cada animal.

La primera prueba la ganó “Vain Hope”, la 2ª “El Rayo”, la 3ª “Laucha”, la 4ª ”Alma” y la 5ª “Quijote”, habiéndose colocado último a un caballo que llegó 3º pero cometió infracción de correr “encima de las banderolas” convirtiéndose así en el primer distanciado en la Historia del Turf Nacional.

Al dia siguiente 9 de enero de 1855, “Comercio del Plata” relataba la crónica de lo acontecido en los siguientes términos: «El día de ayer tuvo todos los aires de festivo: casi todas las casas de comercio y oficinas publicas permanecieron cerradas. La Romería en efecto tuvo lugar trasladándose gran parte, de la población, al sitio de las carreras. Anticipadamente estaban tomados todos los carruajes y todos los caballos disponibles, de manera que ayer por la mañana se apuraron todos los recursos del ingenio para proporcionarse medios de transporte. Los que por ningún precio habían podido obtener carruajes se resolvían a toldar y adornar carros y carretillas que surtían opíparamente de comestibles y licores, acomodándose en ellos con la mayor algarabía. Las reglas de la etiqueta y del «que dirán» habían perdido su influjo; lo que todos querían era ir a las Carreras sin tener que hacerlo «a pie», lo que era natural, ya que son como 5 leguas «ida y vuelta».

No es extraño pues que el alquiler por un carruaje hubiese llegado a costar como precio común 50 pesos y que no haya faltado quien pagase hasta 100. Mucho dinero ha debido circular ayer, no sólo por el alquiler de caballos y de rodados, sino también por las abundantes provisiones hechas como para un día de campo, sin contar todavía los kioskos colocados allá para satisfacer el apetito de los que no se habían provisto en la ciudad.
Ahora transpórtese el lector al lugar de las carreras y calcule entonces el espectáculo que tan numerosa y entusiasta concurrencia, produciría.

En el Palco del Circo hab ía un centenar de señoras dispuestas como para una fiesta y el circo rodeado fuera de la línea de las «Banderolas», por una triple fila de espectadores».

Al día siguiente el «Comercio del Plata» reiteraba el comentario entusiasta:
«Si la dignidad en los espectáculos y el modo de ser público manifiesta la cultura de un pueblo, hemos tenido ayer una prueba mas de la altura en que se encuentra el pueblo inglés. En efecto, nada puede agregarse al decoro con que se atendió a las señoras que presenciaron el espectáculo ni nada perdió con esto el brío y el ardor varonil del sexo fuerte que desplegaron los jóvenes y los señores. Perfectamente atendida era la separación de los carruajes que ocupados en la mayor parte por Señoras, estaban en la parte interior del círculo de las carreras; quedando a los espectadores ecuestres todo el ancho como campo exterior. De este modo se veía con placer que las señoras, en la parte interior del círculo y sin sobresaltos, dominaban la visual del Circo sin temores de que un caballo mal dirigido las atropellasen, con el consiguiente peligro».

El hipódromo estaba situado en el paraje conocido como la “Azotea de Lima” (pasando Piedras Blancas) en las inmediaciones del Saladero de Legris, zona en la que años mas tarde se instalaría la “Cabaña Oriental” del Coronel Bélinzon, con “Guerrillero” como “Padrillo Jefe”.

Moderno y Funcional, no era “una senda de 60 metros, barracón precario e inadecuado” como la leyenda repite, sino un escenario modelo para aquella época, de más de 20 cuadras, en círculos con palcos, picadero, pelouse, marcadores, casilla para jueces: cuarto de jinetes y demás implementos.

De él, dijo “El Correo de Ultramar” editado en París en junio de 1861: «La ciudad de Montevideo tiene ahora carreras de caballos organizadas como las de Epsom y Chantilly. Los principios fueron trabajosos, pues hubo que combatir usos y costumbres, pues hasta entonces las carreras se hacían en pelo, en línea recta, sin señal de partida y sin regla de peso”, según constaba en una fotocopia de la nota que incluía un grabado titulada “Carreras de Caballos en Montevideo” existente en la Biblioteca del Jockey Club de Montevideo.

 

La profesión de jockey no existía, cuidando y montando los socios sus propios caballos, con chaquetilla y gorra de colores así como breeches y botas cortas, como lo estipulaba el Reglamento, el que además tenía asignado un peso uniforme de 147 libras para el jinete.

La Primer Directiva de la Foreign Amateur Racing Society fue integrada por Sportmen como Don Thomas Tomkinson, Thomas Jeffreys, Guillermo Young, Juan Mac-Coll, Arturo Jones, Roberto Wilson, Ricardo Usher, Juan Leared, W. H. Salmen,D.W. Cooper, J. D. Gregory, W. Harley y J. J. Roberts.

No obstante el gran suceso de la reunión inaugural, recién fueron convocadas nuevas carreras para el mes de abril de 1855, disputándose en esa oportunidad la “Reunión de Otoño” en dos días consecutivos el 23 y 24.

La tercera jornada de las «Carreras Extranjeras» tuvo lugar el 22 y 23 de octubre de 1855, la «Reunión de Primavera».
Comentaba el periódico El Nacional del día 22 de octubre: «Con motivo de las carreras que deben tener lugar hoy, Montevideo ha quedado desierto. Desde por la mañana muy temprano el pueblo ha estado en completa animación. El tiempo ha favorecido ampliamente esa fiesta, que según Avisos continuará mañana».
Y comentaba al día siguiente: «Han seguido hoy las «carreras inglesas», como estaba anunciado. Según informan debía jugarse en las de hoy, una muy importante, en la que competiría un caballo de Buenos Aires con uno del país. Con motivo de las «Carreras», el pueblo ha quedado por segunda vez casi desierto; es increíble el gentío que en todas direcciones ha cruzado hoy, en camino hacia la fiesta».

 

Ya desde la iniciación de las «Carreras Inglesas» en nuestro país, participaron en ellas caballos traídos de Buenos Aires. En efecto, dos de ellos, «Otomán» y «El Gamo» vencieron en su primera confrontación, pero luego alternaron derrotas y victorias con los caballos locales.

Años mas tarde, La República del 15 y 16 de abril de 1861 comentaba: «Carreras Extranjeras – Algunas tiendas de campaña, aunque en poco número, toldos improvisados, grupos en carruajes vacíos para preparar un espacio con sombra, ofrecieron a la multitud llegadas las 3 de la tarde un lugar de refugio contra los ardores del sol, y allí dividida en grupos la concurrencia, se organizaron como por encanto, multitud de comidas campestres, si bien no tenían nada de tales más que el nombre, pues la calidad, abundancia y buen gusto de los manjares y de los vinos las hacían dignas de figurar en los hoteles de primer rango».

«Reinó la mayor animación y el mejor porte y buen tono, terminando la comida con entusiastas hurras, que resonaron por todo el ámbito del aire. Terminada la media hora de descanso en que todo el mundo se entregó a los placeres de la mesa, se hizo sentir el himno nacional tocado por la música que desde el principio había poblado el aire con sus armonías”
Estas carreras, disputadas el día 8 de Abril de 1861, se efectuaron bajo los auspicios del gobierno de la República Oriental, que ofreció un premio para la «Carrera Nacional», que ganó el caballo Pegaso, del señor Bujareo.

Se sabe que el premio consisti ó en un juego de té, en plata maciza, compuesto de cinco piezas artísticamente cinceladas. El señor Bujareo, entonces, se domiciliaba en la calle Ituzaingó No. 26, donde estaba a su cargo el viceconsulado de las Dos Sicilias, y tenía establecida una casa introductora y de consignaciones, además de ser propietario de una barraca de maderas y un almacén por mayor.

La prensa de la época consigna que en otras oportunidades se corrieron carreras extranjeras en este hipódromo y viejos sportsmen al cumplirse el cincuentenario de la fundación del Jockey Club en 1938 conservaban recuerdos precisos de los pingos de aquellos tiempos: Fearless, el Overo Boga, Picazo Loco, Duende, Independiente, Furioso, 25 de Mayo, Bayo de los Pobres, Yatay, Niño, Céfiro, Proscripto, Principíala, César y Maypú.

Las carreras «inglesas» y «nacionales» siguieron realizándose allí hasta que en 1874 se disolvió la Sociedad Hípica Montevideo.
Este cese de las actividades del hipódromo estaba motivado en que en el sitio donde funcionaba se construiría el “nuevo Pueblo Ituzaingó”.

Y los turfmen de entonces, mostrando una sensibilidad que se transmitió en forma permanente, avisaban que el “producto de las fiestas hípicas de los días 8 y 9 de noviembre se destina a aumentar los fondos para construir la iglesia del nuevo pueblo”
Como otras obras de la zona, la Iglesia Santa Rita, que aún conserva la estructura del siglo pasado, recibió en su momento el importante aporte del turf.

Paralelamente al anuncio de las últimas jornadas en este hipódromo, se detallaba el proyecto para la construcción del nuevo circo que estaría ubicado en el mismo predio que ocupa hasta nuestros días.

Recién en febrero de 1876 fue inaugurado este nuevo Hipódromo y en esa primera etapa tomó el nombre del nuevo pueblo que se construía a su alrededor: “Hipódromo de Ituzaingó”, aunque se le llamara comúnmente Circo de Maroñas.
Importante en el desarrollo del nuevo Hipódromo, fue nuevamente la gestión de un grupo de caballeros de ascendencia inglesa, que con la dirección de Thomas Tomkinson, arrendaron dicho Circo con el objeto de celebrar allí reuniones que tenían lugar cada dos o tres meses, con pruebas llanas y de obstáculos.

En mayo de 1877, se efectuaron carreras para caballos criollos, de paseo, carreras con siete saltos –barreras de madera de un metro de altura- y corridas para aficionados.

La vuelta del circo medía veinte cuadras y en el nuevo Hipódromo se erguía orgulloso un armatoste de madera que como todas las cosas pasadas, tenía una rica historia.

Sobre sus gradas habíanse producido las primeras explosiones de entusiasmo por las cosas del turf, con su tronar enronquecido de nombres victoriosos; con el palpitar vertiginoso de los corazones ante el febril espectáculo de los animales tendidos en carrera y con el gesto mudo y elocuente de las manos crispadas ante una derrota que acaso unos pocos centímetros habían impedido trocar en victoria!
Era el mismo palco que había servido de tribuna en el primer hipódromo de la famosa Azotea de Lima, que fuera trasladado a Maroñas por iniciativa de Don Miguel Nebel.
El 14 de agosto de 1877, se promulgó por parte del Presidente Constitucional Cnel. Lorenzo Latorre y su Ministro del Interior, José María Montero, el primer Reglamento de Carreras sancionado por el Gobierno y cuyas normas sirvieron para encauzar en sus verdaderas sendas técnicas y legales las carreras de caballos, perdurando en lo esencial aún en las reglamentaciones hoy vigentes.
El Coronel Lorenzo Latorre, era un aficionado entusiasta y había com­prado a los señores Biaus y Ramírez, de Buenos Aires, el célebre Pretendiente, de la cría de Kemmis: un hijo de Grimston, puro, y de Sweetbriar, media sangre. También fue suyo el renombrado Celiar, por Grimston y Chayflooner, 3/4 de sangre.
Ambos animales pasaron después «a título de heredero universal», según dijo un cronista de la época, al general Santos, sucesor de Latorre en el poder.
Las carreras de caballos, a partir de 1880, pasaron a ocupar un lugar destacado entre las principales diversiones de Montevideo y el tema hípico ganó todos los ambientes, cobrando la afición mayor energía.

Las reuniones de carreras cada vez contaban con una mayor concurrencia, abundaban los desafíos o carreras mano a mano y se empezaba a notar la influencia del pura sangre en el resultado de las mismas.
Los vencedores eran casi siempre animales mestizos de media, algunos hasta de tres cuartos de sangre pura e hicieron su aparición en las pistas los primeros animales puros.

El turf adquirió con ese aporte un desarrollo inusitado, destacándose como uno de los más entusiastas propulsores el propio Presidente de la República, General Don Máximo Santos, que sucedió al Coronel Lorenzo Latorre.

A esa época corresponde la constitución de una Comisión de Organización de las Carreras Nacionales, la que fue presidida por Don José Román Mendoza e integrada por los señores coronel Don Juan Bélinzon, Don Manuel Pagola, Don Federico Paullier, Don Juan Mac-Coll, Don Jorge Pacheco, Don Julio Folie, Don Tomás W. Jefferies, Don Augusto Ponce de León, Don José María Guerra, Don Juan Carrara, Don Isidro y Don Francisco Sainz Rozas, Don Isidro Viana, Don Federico Real de Azúa, Don Ángel Farías, Don Juan Victorica, Don Eduardo Mac Eachen y muchos otros más.
Esta Comisión procedió a arrendar el hipódromo de Maroñas, concertando las bases con un señor de apellido Echevarriarza, que ejercía las funciones de apoderado de sus dueños.
Un intenso plan de acción hípica fue programado sobre la base de una serie de reuniones y por primera vez se obtuvo la cooperación económica del Estado, en la forma de una donación de $ 3.500.— realizada por el Presidente de la República, Brigadier General Don Máximo Santos, que «de­seaba contribuir al mayor éxito del programa proyectado».. .
Por otra parte, la Comisión de Organización de las Carreras Naciona­les, dejó sentado el precedente que había de orientar la acción social del turf, al disponer que las utilidades líquidas que se obtuvieran se aplicarían a las obras del edificio de la Escuela de Artes y Oficios que se encontraba en construcción.

En ese tiempo se produjo un acontecimiento muy comentado.
Luego de largas tratativas se concertó un match entre Pretendiente, un zaino negro propiedad del General Santos y Druid, un mestizo de gran fama que actuaba en la Argentina y cuya cruzada a nuestro país fue acompañada, además de su corredor, que era nada menos que el famoso Leandrito Alvarez, por un numeroso grupo de sportsmen porteños.
Contra todas las previsiones el match no pudo llevarse a cabo, debido a que Pretendiente, sufrió a última hora una lesión de importancia que lo obligó a rehuir el encuentro, con lo cual originó a su dueño la pérdida del depósito correspondiente que alcanzaba a 1500 pesos.
Los ánimos de los aficionados caldeados ya por la intensa rivalidad existente, aumentaron, y, entre todos, el más vehemente era el propio General Santos, que estaba deseoso de probar si las bondades que se le atribuían a Druid eran tantas como le adjudicaban sus partidarios.
En el núcleo de amigos que participaban de la misma idea que el General Santos, se hallaba Don Gervasio Urioste, poderoso estanciero que había criado en uno de sus establecimientos una yegua de media sangre, de líneas muy correctas, de pelo renegrido y poseedora de una velocidad que, al decir de su propietario, no tenía igual.

La calidad y el estado de esta yegua, llamada La Negra, estaba acreditada por las victorias obtenidas sobre los mejores caballos de entonces, entre las que sobresal ía una obtenida precisamente el día en que debía disputarse el match Druid – Pretendiente, sobre un mestizo de Don Juan Victorica, de nombre Rataplán.

Comprendiendo el ansia del General Santos, de poseer un animal digno de enfrentarse con Druid, el señor Urioste le regaló la citada yegua, con la convicción de que ella podría defender los prestigios de los animales uruguayos.
Ante la mayor expectativa se establecieron las condiciones realizándose el cotejo, tres días después, en el Hipódromo de Maroñas, luego de incidencias por demás pintorescas.
Contra la opinión de la mayoría, se impuso La Negra, que desde el pique aventajó con luz a su rival, llegando a la raya con una diferencia de tres cuerpos a su favor.
Esta victoria produjo una exaltación de entusiasmo en todos los círculos al extremo de que los diarios de la época, haciendo una verdadera innovación, dedicaron sendas columnas al suceso.
Uno de ellos, «El Siglo», en su ejemplar del día 17 de diciembre de 1884, hacía el siguiente comentario:

«EL y ELLA. — La gran preocupación se resolvió ayer tarde en honra y provecho del sexo débil. La yegua La Negra ganó el domingo una carrera de media vuelta, empleando 54 segundos. El reloj daba este dato y La Negra, que había hecho cosa de blanco, fue retada para competir en igual distancia con el mentado varón Druid, que acababa de ganar un depósito de 1.500 pesos, por desistimiento de Pretendiente. La Negra, venció ayer a Druid, partiendo y llegando a la meta con ventaja mantenida de tres cuerpos, sin castigar ella ni él. Ese resultado sorprendente importa grandes clavos, pues la mayoría de la opinión pública se inclinaba a Druid.»

Conmociones de orden público transformaron las perspectivas del ambiente hípico, hasta que en 1887, el Doctor José Pedro Ramírez, asumió la presidencia de la Comisión de Organización de las Carreras Nacionales.

A la saz ón, el hipódromo de Maroñas, había pasado a ser propiedad de los doctores Gonzalo y José Pedro Ramírez y los Señores Juan y  Alejandro Victorica.

Con la participación activa de José Pedro Ramírez, las carreras volvieron a conquistar importancia.

Los programas de las reuniones ya contaban, en una demostración evidente de progreso, con algunas pruebas disputadas por animales puros, siendo cada vez menor el número de mestizos y criollos que intervenían en las mismas.

Los premios fueron mayores y se llegó a repartir en una reunión de cinco carreras hasta tres mil ochocientos pesos oro en premios que oscilaban entre los mil y los seiscientos pesos.

El 22 de abril de 1888, el primitivo palco de la Azotea de Lima fue sustituido por un nuevo palco más amplio, construido por el italiano Angel Battaglia, que dotó de nueva fisonomía al Hipódromo y que por largo tiempo llevó el nombre de su realizador.

EL HIPÓDROMO URUGUAYO DEL ESTE

Una disidencia de los dueños del stud Luchadores, señores Borda­behere, con las autoridades del Hipódromo de Ituzaingó, los llevó a trasladar sus caballos a Punta Carretas y bien pronto se creó allí un centro hípico.

Bajo el impulso de Don José Antonino Costa y con la colaboración de Don Antolín de León, Don Pedro Risso y Don Silvestre Ayala, surge a la vida en Punta Carretas el Hipódromo Uruguayo del Este

Su inauguración tuvo lugar bajo los auspicios de una Comisión Honoraria, presidida por el Doctor Don José Pedro Ramírez, el día 14 de marzo de 1881.
Esta pintoresca pista de carreras de caballos estaba situado frente al predio que hoy ocupa el Punta Carretas Shopping Center (ex Cárcel Penitenciaria) siendo el primer Club Hípico que se registra en nuestro país.

El periódico “El Ferro-Carril”, el lunes 14 de marzo de 1881 describía así la “Inauguración del nuevo circo de carreras en Punta Carretas”

“A la verdad que para haber sido ayer el día de la inauguración del hermoso circo de carreras recientemente arreglado en Punta Carretas, la concurrencia no fue ni con mucho tan numerosa como hubiera sido de esperar, y esto es muy de sentirse, porque el local de la referencia es magnífico , y se encuentra situado en un punto no sólo extraordinariamente pintoresco sino a la puerta de la ciudad, al cual hasta se puede llegar a pie en media hora.

El gran palco, así como todos los demás accesorios que forman dicho circo, están arreglados en un todo idénticos al de las inmediaciones de París, que es en Europa, como se sabe, uno de los centros de ese género y que más llama la atención de los aficionados a las fiestas hípicas, de visión de muy buen tono y tan entretenida como inocente.

Capacidad para 1.500 personas tiene el palco mencionado, donde todos pueden estar con la mayor comodidad. Se buscó el punto más elevado y dominante. La altura sobre el nivel del suelo, podrá ser de unos cinco metros a lo sumo, y a la parte principal de esa repartición conducen dos grandes escaleras centrales.
En la planta baja, que la forman un vasto salón, se encuentra establecido el café-restaurant.

Las oficinas para jueces de carrera, peso de los corredores, reclamos, etc., reúnen también las comodidades necesarias.

La cancha a juicio de personas competentes, es lo que puede llamarse de buena ley, inmejorable en su clase. Desde cualquier sitio del palco, se queda frente al mar; en fin como punto de bellísima perspectiva a la par de comodidades para el objeto que se le ha destinado, aquello no tiene rival.

Se ha supuesto que lo poco numeroso de la concurrencia habida ayer se debe a lo subido de los precios estipulados para los concurrentes. Es cierto que las señoras no abonaban entrada, pero para caballeros cuesta, entre entrada al circo y al palco, peso y medio.

Si por ser fiesta de inauguración se hubiese hecho rebaja considerable en todo, el resultado pecuniario para los empresarios habría sido más satisfactorio y al mismo tiempo, habrían hecho conocer el local, para que en lo sucesivo sirviese de rendez-vous al público montevideano. Entre los concurrentes se notaban S.E. el presidente de la República y sus secretarios de Estado.

La primera carrera debió correrse a la una y media de la tarde como estaba anunciado en el programa; pero ignoramos porque circunstancia se efectuó una hora después.

Debieron tomar parte en la indicada seis parejeros, pero en la cancha solo aparecieron cuatro. Los pertenecientes al Comandante Clark y Román Pereira fueron retirados por sus respectivos dueños.

Se llamaba aquella, Carrera Inauguración. La entrada era gratis, El premio una copa de plata.
Llegó primero a la raya el Cabito. Propiedad de Martín Torres, al cual se le adjudicó el premio: 2º el Principista; 3º el Valiente; 4º el Charrúa.

La segunda se llamaba carrera Orillas del Plata. Media vuelta. Para potrillos mestizos. Entrada 100 pesos. Premio 300 pesos. Luchaban dos parejeros de primer orden.
La ganó el del Comandante Aguirre, llamado Primero, pelo colorado. Su rival era el conocido Torre Alta, perteneciente al famoso carrerista Carrara.
Las apuestas estaban en su mayor parte inclinadas al Torre Alta
Se pugnaba con gran usura.

Los torrealtistas, que consideraban el triunfo tan seguro, quedaron mirando a la luna. Peor para ellos.

La música y los atronadores hip,hip,hurra, saludaban al vencedor. Se dio hasta cien a veinte.

La tercera carrera fue la Oriental, media vuelta para caballos criollos, entrada 20, premio 100 pesos.
Ganóel Chingolo, de D. N. Tapia; llegó 2º el Vengador; 3º y último el Esperanza.
Desde el principio las apuestas estaban al Vengador.

Después de la mencionada, vino el intervalo de una hora.

Se esperó con ansiedad que este concluyera, para que llegara la gran carrera Estímulo, que estaba señalada como la 4ª. Media vuelta para caballos mestizos, arreglada particularmente.
La entrada era de 200 pesos; el premio de 600.
Esta fue la gran carrera del día y como que eran los héroes de ella, el Ivanhoe, de D. Juan Carrara y el Bayardo, del Comandante Aguirre. El primero llevaba un recargo de doce y media libras.

El tiro era corto. La lucha para vencer fue tenaz en extremo. Se sacaban chispas ambos corredores. Juntos llegaron a la raya y los jueces dieron la carrera por puesta; esto es que ninguno de los dos contendientes la había ganado. Ahora falta que venga la de desagravio, que según hemos oído decir, no se hará esperar.

Los jugadores en esta se quedaron lamiendo.
El sport devolvió el dinero.
Se había jugado plata como agua.

La 5ª denominada Victoria, entre el Ostion y el Maturrango, la ganó este último.
El San José de E. Dieux no apareció en la lista: sin duda por prudencia.
Vale más así.

La 6ª y última fue la denominada: Tren del Este, entre el Cabo Corto y el Demócrata; ganó este último.

El sport no ha estado en la presente temporada tan animado como otras veces.

Terminadas las carreras se sirvió en una gran carpa de las inmediaciones una abundante comida a los miembros de lo relativo al acto.

De lo más elevado de un copudo ombú que existe frente al palco cayó al suelo un curioso llamado Luis Ríos, en momentos que batía palmas a uno de los caballos vencedores. Fue, pues, una víctima del entusiasmo hípico.

El golpe fue tremendo. El pobre caído quedó con varios huesos descalabrados. Se le prestaron los auxilios del caso, para cuyo efecto el comandante Clark, gefe de los policías de aquel punto, ofreció los auxilios respectivos.

El tranvía del Este hizo su agosto. La instalación allí del nuevo circo de carreras le ha venido como de perilla.

En cuanto a las carreras verificadas hoy, mañana daremos detalles sobre sus resultados.”

Y continuaba dicho periódico en su edición del 15 de marzo de 1881 bajo el título de “Resultados de las carreras de ayer” con la crónica de lo acontecido en el nuevo circo de Punta Carretas:

La primera carrera fue la “Montevideo”, una vuelta para caballos criollos. Entrada 25 pesos, premio 100 pesos.
Ganó el “Ponte el gorro” de D. Juan Santos, llegando segundo “Satanás” de D. Pedro Carril.

La segunda era denominada “Capricho” y se verificó entre dos petizos.
El tiro de seiscientas varas y arreglada particularmente. Entrada, 20 pesos, premio 60 pesos.
Ganó el “Vengador” del señor Fernández; llegando segundo el “Gaucho” de D. A. Barbieri.

La tercera de una vuelta para caballos de paseo era titulada “Consuelo”·.
Entrada gratis; premio una rica copa de plata.
Llegó 1º “Cumbari” de D. Juan Silva, a quien fue adjudicada la copa; 2º “No te descuides” de D. Rufino Riestra, 3º “Alambre” de D. A. Fernández, 4º “Trinchera” de D. A. Avegno, 5º “Molinero” de D. Gregorio Más y 6º “Estravagante” del Sr. Fourcada.
En esta carrera, según parece, algún ingenioso se quiso fumar a los aficionados.
Un caballo “bayo” montado por el corredor Leandro salió también al redondel y en lugar de dar la vuelta como era designado en el programa no dio más que una media y a pesar de todas las ventajas que tenía no llegó tampoco sino último a la raya.
Este hecho sirvió bastante para la risa de los concurrentes.

En la cuarta carrera denominada “ Villa de la Unión” y de media vuelta para caballos criollo, arreglada particularmente, cuya entrada era de 20 pesos, premio 60 pesos, ganó el “Febo” llegando 2º “Dragón” y 3º “Verdulero”.

El resultado de la 5º y última carrera, la más importante del día y en la que se nos asegura se había jugado más de 8.000 pesos y casi todos a favor del “Celiar” ha tenido que ser suspendida y sometida a resolución de la comisión que debe reunirse esta noche en la calle 18 de Julio a deliberar a ese respecto, por no haberse bajado la bandera.

Sin embargo esa carrera se efectuó llegando 1º “Celiar” del Comandante Aguirre y 2º “Céfiro” del Sr. Areco.
La concurrencia también ayer fue muy escasa y a pesar de todo el sport ha sido más animado que el día anterior.

Cabe señalar que no hubo más carreras en el Hipódromo Uruguayo del Este hasta el siguiente 30 de junio de aquel año 1881; pero el citado periódico nos vuelve a dar noticia de otra reunión cumplida el 11 de diciembre de ese mismo año.

Este circo funcionó ininterrumpidamente hasta algunos años después de la fundación del Jockey Club de Montevideo, ya que luego la mayoría de sus dirigentes desvinculándose del mismo, se incorporó a esta Institución.

Esto trajo como consecuencia que sus reuniones languidecieran y sólo de vez en cuando se corriera allí alguna que otra carrera particular hasta su clausura definitiva en enero de 1893 donde se verificó la última reunión con cinco competencias.

EL HIPÓDROMO DE MONTEVIDEO

En 1889, un grupo de «turfmen» destacados, formado por Carlos Reyles, los hermanos Pastor, Alejandro y Juan Victorica, José Pedro Ramírez, Luis Rodríguez Larreta, José María Guerra, Horacio Areco y Antolín de León, echaron las bases de un nuevo circo hípico en la Villa de la Unión.

El «Hipódromo Montevideo» tenía una pista de 1750 metros, bien nivelada y en parte cubierta de gramilla; el palco, no tan ancho como el que existía en Maroñas, medía quince metros más de largo, con tres escaleras de acceso; en la parte baja, estaban las oficinas de las autoridades hípicas, un café y restaurant, y toilette para señoras.
Las casillas del sport contaban con veintiseis ventanillas dobles, de manera que al mismo tiempo se podían vender boletos para cincuenta y dos caballos.
El Hipódromo Montevideo fue inaugurado el 17 de Noviembre de 1889 y funcionó bajo el patrocinio del propio Jockey Club de Montevideo. El representante de la empresa era Don Pastor Victorica, que desempeñaría funciones más adelante como Gerente del Jockey Club y fue él quien realizó la correspondiente gestión ante las autoridades de la novel Institución Hípica, con fecha 8 de Octubre de 1889.

El 6 de noviembre de dicho año, «La Razón», con el título «La próxima inauguración del Hipódromo Montevideo», decía: «En uno de los sitios más pintorescos de los alrededores de esta ciudad está instalado el hermoso Hipódromo Montevideo, entre los caminos Larrañaga [actual Avda. Dr. Luis A. de Herrera] y de Propios [actual Br.José Batlle y Ordóñez], al costado izquierdo de la Villa de la Unión, donde también puede irse por la central calle de Goes (actual Avda. Gral. Flores), que arranca de la Aguada. «Para formarse idea de cómo es el gran palco, debe decirse que supera en tamaño, elegancia y comodidades al de Maroñas. La pista, que es de forma oval, al doblar el óvalo, en lo que forma una especie de codo, donde los caballos que corren casi se pierden de vista, hay un bosquecillo, que es lo que más oculta entre su sombra a jockeys y parejeros, incitando como es natural el vehemente deseo de los espectadores que desde las amplias graderías del palco esperan que surja allí el verdadero vencedor, es decir, el caballo que al doblar dicho codo ofrezca más seguridad de llegar primero.
«En la planta baja del gran palco hay un local para señoras, cubierto por gradería de cristal, desde donde puede también seguirse con la vista todos los accidentes de la carrera, a la vez de no sufrir molestias de especie alguna. Este salón puede servir para lunch y para toilette.
«En las inmediaciones, se han instalado diversos studs de nombradía. En cuanto a los demás detalles como despacho para las comisiones, jueces de raya y de bandera, balanza, etc.; todo está en completa armonía con lo descrito».
Y el día 19, el mismo periódico informaba de «la inauguración del hipódromo Montevideo», en los siguientes términos:
«Pocas veces se ha visto una reunión hípica entre nosotros que haya llevado al Hipódromo tanta y tan distinguida concurrencia, como la que asistió anteayer -el domingo 17- a la inauguración del Hipódromo Montevideo.
«Se veían en los palcos de la gran tribuna las principales familias de nuestra sociedad, y en las galerías, a todos los aficionados, llevados allí por el interés de la fiesta y además por la novedad que ofrecía el nuevo circo».

Y continuaba describiendo el desarrollo de las pruebas, en especial la central de la reuni ón, denominada Premio Inauguración, sobre una distancia de 2.750 metros.’

 

Los ganadores el día de la inauguración, 17 de Noviembre de 1889, resultaron los siguientes animales:

1.a Carrera, 1750 metros.
1º La Negra, por Thurio y Whirpool del stud Florida, jockey P. Carrara;
2º Nirvana.
Tiempo: 1’56” 1/5.

2º Carrera, 1200 metros.
lº Whiteley, por Westbourne y Osmunda, de la ecurie Capricho, Félix Díaz;
2º Tartarín, 3º Tesorera,
corrieron seis.
Tiempo: 1’15”.

3º Carrera, 2750 metros.
1º Tilimuque, por Chivalrous y Zar­zaparrilla, del stud Charrúa, Manuel Poggio;
2º Murat,
3º Recuerdo.
Corrieron además Júpiter, Lady Flora, Noblesse.
Tiempo: 3’02”.

4.a Carrera, 1750 metros.
1º Farsita, por Kisber y Plawna, del stud Sarandí, Lucio Alcoba;
2º Candidato;
3º Hamlet.
Corrieron seis.
Tiempo: l’53” 1/5.
5.a Carrera, 1200 metros.
1º Niño, por Phoenix y Gacela, del stud Latino, Pedro Carrara;
2º Gloria,
3º Teniente.
Corrieron cinco.
Tiempo: 1’15 “ 2]5.

6.a Carrera, 1750 metros.
1º Solitario, por Nap y Sphinx, de la ecurie Capricho, Félix Díaz;
2º Tartarín,
3º y último Brillant.
Tiem­po: 1’52” 1|5.

En diciembre de 1889 un ciclón redujo a escombros su palco, el cual fue reedificado y permitió que la segunda reunión se realizara en marzo de 1890.

Cabe señalar que como informaba el 24 de abril de 1890 «La Razón», en la reunión a celebrarse el domingo siguiente se pondría en vigencia «una nueva clase de apuestas mutuas denominada «Sport Placé» que funcionará en las mismas oficinas que el Sport común y que se regirá por las mismas disposiciones que el Reglamento del Jockey Club establece para éste». Y proseguía informando: «En el «Sport Placé» no sólo ganará el tenedor de boletos al caballo ganador sino también al que llegue 2do. al triunfo». Y finalmente explicaba como se practicaría el cálculo de las cantidades a abonarse a los respectivos boletos a Ganador y a «Placé».

Y con la nueva fórmula de juego, nació el primer problema.
Al correrse la infaltable prueba de «productos», se impuso Moral, seguido de Hinchalán y Ecarté, otorgándose al primero de éstos los beneficios del «placé”.
Como el jinete de Ecarté reclamó «mal juego», suspendiose el pago de esa apuesta… ¡hasta el próximo lunes!

 

El poco afortunado debut del nuevo juego, motivó este comentarlo de un cronista:

«Se implantó en el «Circo de la Unión» una modalidad de apuesta llamada «placé», para beneplácito de los tímidos.
Al brindar ganancias también al 2*, permite a los aficionados alentar una esperanza más. Pero su inicio no fue muy feliz …
Los que acertaron el «placé» del lío, establecieron un record de angustias:
¡24 horas «aguaitando»… con la roja en alto!».

El Circo Montevideo dejó de funcionar en 1896 por falta de dinero y de caballos…

Referencias:

Investigaciones periodísticas de Martín Massa
Libro del Cincuentenario del Jockey Club de Montevideo
Los Barrios de Montevideo de Aníbal Barrios Pintos y Washington Reyes Abadie
Historia del Deporte en el Uruguay (1830-1900) de J. Buzetti y E. García Cortinas