HISTORIAS HÍPICAS

EL QUE NO EMBOCA UNA

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El perdedor eterno, abunda mucho. Pertenece a todas las categorías, frecuenta todos los lugares, es un hombre de pueblo y hasta suele encarnar aristocracia. Pero el tipo clásico lo representa invariablemente siempre un pobre diablo que suda en la semana sus jornales, o que en la oficina se quema las pestañas sobre grandes libracos para ganar un sueldo, que luego se lo llevan pur sang, a pesar de los datos y las fijas que los nunca bien ponderados pontífices del turf, ofrecen sin ninguna petulancia.

Su única ambición es conseguir tornar un día del hipódromo con los bolsillos llenos, para pagar las trampas y luego, a la reunión siguiente, con el mismo entusiasmo, continuar apostando hasta quedarse seco. Nunca tiene tristezas. Su filosofía es una filosofía vulgar y llena de optimismo. Si se corre una imperdible y entra cola, sabe consolarse porque al volcar el codo tuvo su favorito un contratiempo que lo dejó sin chance. Y anota ese tropiezo muy cuidadosamente en su memoria, porque para otra reunión el mangazo está en la puerta… Nada importa que las más de las veces el lance se malogre por tiempo indefinido. Su fe es inconmovible, inmutable, perpetua… “Lo mandaron al bombo”. Frente a Villa Violeta, lo traía malcornado, rompiéndole la boca en el freno… En la otra no falla y paga veinte duros…”

Y domingo a domingo, el metejón se sucede, hasta que un día, aburrido de seguir aquel perro se decide a jugar en su contra, con resultado adverso. Gana el que él despreciara como un crack y paga un dividendo fabuloso.

Otro no acertaría a consolarse. Pero para los buenos perdedores, para los que tienen clase, los fracasos no surten más efecto que el que se traduce en una manga aplicada a un amigo, o en la demora más o menos prolongada del pago del casero, del proveedor o el sastre.—

Entre semana sigue de cabo a rabo la información del turf que traen los diarios y retienen in mente las corridas, floreos y partidas de los competidores, eligiendo el candidato a quien ha de jugarle la platita del domingo. Junta las cosas de la lógica en la cuestión azar y cabulea de lo lindo en la racha de tal o cual compositor o en la buena fortuna de tal o cual piloto.

Se conoce al dedillo los pedigrees completos de cuanto race horse campea por Maroñas y Palermo, y los cataloga científicamente por sus características y por sus aptitudes. Todo esto no impide que la más de las veces se equivoque, confiado ciegamente en un caballo cuyos antecedentes genealógicos lo sindican barrero, y que luego resbala en el merengue de un modo escandaloso, consiguiendo un no placé rotundo y categórico.

Veterano, aguerrido, batido bajo el fuego de infinitas derrotas, no se amilana nunca y cuando ya no le queda ni medio en el bolsillo, como es ducho en cuestiones de pedigree y de raza, recuerda que desciende de los valientes gauchos de Sarandí y se convierte en campeón olímpico de sable…

Es tipo inconfundible. Llega siempre temprano, porque en su casa almuerzan a horas oportunas para que no se pierda la primera.

Corren siempre matungos de la peor ralea, pero es en esos lotes donde falta la clase, en los que se producen los lances estilo Director con los que uno se puebla para toda la tarde, Lleva siempre una fija o un mandoble que se queda en veremos por faldas o por mangas. Sus reveses se cuentan por el número de reuniones habituadas. Cada una de ellas, resulta el Waterloo de sus finanzas. Y los lunes, con estoicismo digno de mejor fortuna, si aún tiene algo empeñable cae en las garras de un zaragüeta avaro que lo explota sin  compasión ni asco.

Pero el domingo vuelve. Ha estudiado el programa. Las carreras nutridas de inscripciones, aseguran finales muy reñidos, En el clásico se han dado cita los mejores caballos de Maroñas. Todo es tentación, todo convida a disfrutar de las delicias de una tarde que ha de ser hermosísima. Y nuestro hombre cediendo al atractivo del programa y obligado por la fuerza de una costumbre añeja a jugarse los níqueles, almuerza apresuradamente, se tercia los gemelos, si aún no se han trocado en papeleta, y hecho un sandwiche en la plataforma de un tranvía, marcha rumbo al hipódromo, soñando batacazos y barajando fijas.

Al fin llega a Maroñas. Hace rueda de amigos, conversan del programa y empiezan a surgir las confidencias, “El compositor X se corre una rumbeada en la segunda”. “El piloto oficial de una ecuerie famosa por sus tongos, jugó en un clandestino una fuerte parada en contra del caballo que habrá de dirigir en la tercera”. “Un boticario de Maroñas, preparó para N., un doping con el que se asegura que no puede perder un matungo indecente,que entra siempre último en todas las reuniones”. “Hoy van a dar el golpe”, pronostica otro de los de la barra. Y él le escucha sin pestañear siquiera, porque su autoridad, porque su autoridad no admite discusiones. Ese amigo oficioso tiene unos informes valiosísimos, suministrados por el peón de un stud, cuya características es no ganar jamás en favoritos.

Y cuando surgen esas confidencias, los sujetos se agrupan en torno del que habla trascendiendo a misterio.

Un dato de esa índole, debe ser siempre dicho con reparos. Hay que observar si algún oído extraño puede escuchar el informe precioso, porque en estos asuntos, todos los carreristas tienen una miagita de egoísmo.

Y así por el estilo son todas las demás conversaciones. No hay nada más fantástico que todos esos datos brindados sotto voce y al oído. De cien, noventa y nueve y tres cuartos son apócrifos. Pero entre gente de turf, todo se cree y cuanto más complicado y misterioso es el chisme, mayor efecto surte. Todos mienten, y a pesar de saberlo por experiencia propia, creen a pie juntillos lo que dice el vecino.

Y el hombre de mi cuento que es mudable como buen carrerista, rectifica sus pálpitos de acuerdo con las últimas novedades oídas.

En la primera, se tira a la pileta con el que iba dopado y al alzarse las cintas el matungo se queda contemplando las nubes, mientras el pelotón se corta veinte metros.

No alcanza la carrera y llega último. Claro, el doping no fue bien calculado y hará efecto cuando regrese al box.

En la segunda hay que apurarse con el pupilo del compositor X que tiene una corrida macanuda, callada por los diarios a sabiendas y que se va a imponer por  todo el derecho.

Se larga la carrera y el caballos hace punta. “Les gana en una hebra!” “¡Que le suelten un galgo!” “Fulano, solo y al freno!”. Pero llegan al codo, las distancias se acortan y el mancarrón entrega posiciones como vulgar “pichicho”. Paciencia, será en otra, El dato se había corrido mucho, y lo mandaron derecho para Italia.

Llega el de la tercera, aquel de la jugada clandestina. Y le meten sin asco, seguros de cobrar para el desquite. Pero ese también falla. Al entrar a la recta, lo sientan de un frenazo, dejándolo sin chance.

¡Lástima de contratiempo! Si no llega a surgir ese tropiezo, era un caso clavado de papirusitis insólita!

Y como está decidido a resarcirse, en la cuarta se vuelca los bolsillos al dato del peón, confiando ciegamente en la victoria. Ubicado de manera estratégica, observa el desarrollo. EL suyo viene cuarto, contenido en la rienda despegando una acción seductora, Cuando vuelquen el codo, ninguno asistirá un rush característico. Y la curva se gira, su predilecto carga sobre el leader con ímpetu terrible… En cada foal acorta distancia. Se pone a medio cuerpo, al pescuezo después y luego a la cabeza… Consigue emparejarlo, luchan como leones y los jockeys tendidos, pugnando aventajarse, hacen entrar en juego la muñeca, El triunfo está muy cerca. En los tramos finales, es imposible ver lo que sucede. El predilecto busca la empalizada y estorba a su enemigo… Se acabó la carrera. Alzan el marcador y el número del suyo, sube en primer término.

Pero al llegar los jockeys al pesaje, se produce un reclamo. Pasan largos minutos, como siglos. Al fin, todo se aclara. Y los comisarios severos, rígidos, amparados en el reglamento, ordenan que se distancie al vencedor por mal juego…

Nuestro hombre se indigna, protesta contra todo, se siente blosheviqui y lamenta la pérdida de un dividendo papa, que daba por seguro.

Pero al fin se consuela. Busca un amigo y le pide diez pesos, que consigue tras no poco trabajo, Y al final de la tarde, como no ha podido jugar en la octava porque se quedó seco, decide balconearla pronosticando el triunfo del outsider. Y de ojito la acierta.   Otro, en su lugar, se pondría furioso, maldiciendo su estrella. Pero el buen perdedor se enorgullece y le dice a un amigo que como él se perdió hasta el apetito: “Fulano es una fija. Yo lo estuve vichando hace dos meses y hasta el pasado domingo lo he seguido.”

 

Autor: “Last Word” –  seudónimo de Raúl Velazco

Publicado en “Actualidades Deportivas” – Montevideo, 3 de setiembre de 1924