Camilo Ashfield

Medardo Bonilla

Oscar Domínguez

Aurelio García

Irineo Leguisamo

Gualberto Pérez

Gregorio Riboira

Julio Fajardo

Pablo Falero

Aurelio García

Benjamín Gómez

Numan Lalinde

Irineo Leguisamo

Pedro C. Moreno

Ever Perdomo

Gualberto Pérez

Arturo Piñeyro

Isaul Rey

Gregorio Riboira

Vilmar Sanguinetti

Domingo Torterolo

GREGORIO RIBOIRA  

Una de las espectaculares llegadas de Gregorio Riboira

Gregorio Riboira, nació el 18 de marzo de 1918 en Santa Clara de Olimar e inicióse en la profesión de jockey en el año 1937, ganando al año siguiente -el 16 de enero de 1938- su primer carrera con el caballo Cholo, del stud «25 de Mayo», cuidado por Don Gerónimo Ponciolo. Con la yegua Pick —su 51ª carrera—, ascendió a jockey. Ya en 1942, logró encabezar la estadística, actuación que repitió en 1944, 1949 y 1957, figurando siempre entre los más efectivos profesionales de Maroñas. Condujo vencedores e innumerables ejemplares que se impusieron en importantes clásicos.
Entre los mejores productos que corrió recuerda a Luzeiro, Barranco, Hidalgo y Salomé.
Con la yegua Eglantine, por British Empire y Clodia, ganó nada menos que ¡18 clásicos!

 

 

La notable EGLANTINE, de las riendas de Riboira, que en la otra nota está sobre MONTALBAN, sonriendo a dúo con don Alberto Milia, luego de un triunfo en una nocturna pedrense.

El porcentaje de eficiencia de este profesional, alcanzó niveles elevados a lo largo de su trayectoria de más de 1700 triunfos, debiendo destacarse que en una oportunidad, el 15 de diciembre de 1940, condujo a la victoria a cinco de sus diez montas y que, en numerosas ocasiones, logró el halago de varios éxitos en una jornada.

De su profuso anecdotario recuerda en particular la situación que relata a continuación:
«Fue en el 43. Alejado del stud «25 de Mayo», don Martín Rojas me ofreció la monta de Bomilcar, que él cuidaba, a fin de correr en un «mano a mano» con Borroncito, pupilo de mi gran maestro Ponciolo.
Yo había conducido a este último y conocía sus condiciones y mañas, habiéndole hecho cruzar el disco victorioso en muchas ocasiones. Acepté el compromiso. Rodolfo Martínez conducía a mi rival y gran favorito, que tomó la punta de entrada. Me escondo yo detrás de Martínez (siguiendo un plan perfectamente madurado) y así seguí hasta 150 metros antes del disco. La carrera era de 2.000 metros. Todos aclamaban el «seguro» triunfo de Borroncito. Yo calculaba distancias y tenía en cuenta las reservas de mi conducido. Cuando llegó el momento que conceptué oportuno, exigí a fondo a mi cabalgadura. Dicen que derroché pericia… Eso no sé. Pero sí me acuerdo de una bandera verde y de un triunfo de mi caballo por media cabeza. Triunfo no muy rutilante para mí bajo la faz espiritual. Al saber que mi gran maestro Ponciolo había manifestado que el ganador no era el caballo sino el jockey, mis sentimientos se debatieron entre la alegría y la tristeza. No sé qué fue mayor. Pero alguien vio dos lagrimones surcando mis mejillas…»

 

 

Una caricatura de época, de don Gregorio, que en la nota gráfica aparece flanqueado por don José de Giuli y Arturo Piñeyro.

Su hijo Carlos RIBOIRA, que no fue jockey pues era muy pesado, se dedicó al entrenamiento de los SPC y aunque ya no ejerce la profesión, posee un record difícil de igualar: mientras él cuidaba, su padre le corría sus caballos.
No debe existir otro caso semejante en los anales del turf mundial.
Las victorias más festejadas de ese período, a comienzos de la década del setenta, fueron las de TEMEROSA, RIFÍFI, MONDANITE, POBRE D’ELLOS, todas con Gregorio Riboira «up», éste aún dictando cátedra entre sus colegas a pesar de su avanzada edad para la profesión.
Luego de colgar la fusta se desempeñó como Entrenador, Maestro de la Escuela de Jockeys Aprendices, Presidente de la Sociedad de Entraineurs y Jockeys por 20 años y, como le faltaba algo más, fue el cronometrista oficial de Maroñas.

En abril de 2005, la Revista Yatasto publicaba una entrevista de Leonardo Ferber a Don Gregorio Riboira:
“Una bonita tarde otoñal en el patio de su casa de Francisco Echagoyen, fue el marco de una charla con este hombre nacido el 8 de marzo del 18 en Santa Clara del Olimar. Junto a él, su compañera de vida con la que a medio setiembre cumplirán 60 años de casados, Palmira Lupi. Ella es de familia de turf (su hermano Carlos fue un destacado entrenador) y maneja el lenguaje del ambiente igual que su esposo. Ambos disfrutan de ver caminar en el patio lindero, los caballos de su vecino, Walter Báez. Mentalmente hago la suma de carreras ganadas por Riboira y Báez, lo que da algunos miles. Comparo ese número enorme, con la emoción de ganar una; entonces intento imaginar cuánta adrenalina habrá circulado por estos dos hombres. Y cuánta presión.
Don Gregorio, testigo del siglo XX, opina que “el mejor caballo que ví fue Yatasto”, en una de las pocas afirmaciones concluyentes de este hombre humilde en sus expresiones y respetuoso como el molde de su época. “El mejor padrillo: Congreve”. La carrera más memorable: “un Ramírez que Lalinde le ganó a Leguisamo”.
Muy lúcido recuerda su historia: “a los 3 años, quedé huérfano y un tío se hizo cargo de mí. El era entrenador de penqueros y andábamos por todo el interior. A los 10, ya andaba yo por las sendas.
Como más tarde se radicó en Las Piedras, hice los dos años obligatorios como peón vareador”. Su mirada parece venir acompañando el relato y se ilumina al nombrar a Gerónimo Ponciolo, quien ejerció la tutela profesional, para respaldar los comienzos del aprendiz, que a los 19 años corrió en Florida y luego tuvo su debut y su primer triunfo maroñense con Cholo, pupilo de Ponciolo. Pero no fue el mismo día. Primero le tocó perder por media cabeza. La revancha fue victoria. “Ponciolo subía una montura sobre un caballete de madera y se subía, para enseñarme la postura y la exigencia”.
La vida le enseñó que la realidad no siempre es como uno cree o desea: “cuando perdí con Cholo me quería ir de Montevideo, pensaba que esto no era para mí. Ponciolo me frenó”. Se quedó y parece que condiciones tenía. También afirma “yo prefería correr adelante, para evitar tropiezos y, en lo posible, graduar el tren de carrera”. Sin embargo, los dos mejores pingos que corrió, lograron conquistas traídos en el fondo: la pequeña Eglantine, que tuvo récord de 1.100 y 1.400, pero ganó hasta 2.500 metros, y el noble Luzeiro, fondista de nota. Además: “para cuidar, me parecían más confiables los caballos que las yeguas, que son más delicadas, variables e irregulares”. A pesar de esa opinión, le tocó entrenar a Forrajera y Melisa, dos ejemplares de bondades probadas. Por más ejemplos, en la inauguración de las luces de Las Piedras, tenía una monta en el primer clásico nocturno pedrense: Danakill, al que entrenaba su cuñado. Cuando el auto en el que iban tomó Camino Mendoza, comenzó a caer agua furiosamente. Parece que el caballo era muy mal barrero y Riboira sugería: “vamos a dar vuelta, para qué ir hasta allá”. Pero fueron. En el circo canario, el agua no había caído a baldes.
La historia terminó en triunfo.
Sin complejos, cuenta: “hubo quienes decían que yo corría con miedo. No era así. Me tocó rodar 20 veces, casi todas en carrera. Sin embargo, no me entregaba”.
Su esposa participa de la conversación, lo que explica la pasión burrera de su hijo Carlos, que tiene turf por “ambas líneas”. Ella nos relata como preparaba un termo con malta, yema de huevo y azúcar. Ese “candial”, era el doping para el jockey. También recuerda los días de semana en que su marido comía a las corridas, así podía “hacer cola”, al cruzar a las 13.00, a la Sociedad a jugar al billar. Don Gregorio afirma haber hecho boladas de 80 carambolas.
Me impresiona. Para semejante registro, el cronista necesitaría jugar en un billar del tamaño de una caja de zapatos.
Le pido a este hombre al que le quedó como pendiente el ganar un Ramírez, que se le negó en más de una ocasión, que cite sus referentes: “Leguisamo, Piñeyro y Ever Perdomo, fueron un lujo para la vista. Como rivales, Lalinde y Perdomo, quizás los más difíciles.” No se animó a correr de filete. “Es que la posición, el modo de llevar las riendas y la exigencia son diferentes. El filete es buen arma si el filetero es bueno.
Ayuda al animal”. Confiesa que la actividad que más ha disfrutado es entrenar. Palmira nos exhibe orgullosa, la invitación que le envió Hípica Rioplatense el 6 de enero. No ha ido al “nuevo Maroñas”. “Es que los fríos, los esfuerzos, las rodadas, las mojaduras y algunas privaciones alimenticias, hacen que la espalda se deteriore y no me animo a grandes esfuerzos”. No le creo. Sospecho que la verdad es que se tendría que detener a hablar con tanta gente, que se cansaría antes de observar alguna carrera.
En toda la conversación, no tiene juicios negativos hacia nadie y si surge algún tema del estilo, prefiere “dejarlo ahí”.
Le planteo la hipótesis de que viniera alguno de los muchachos que están empezando, a pedirle consejos. ¿Qué le recomendaría?
-“Hable poco. Trate de saber con quién está hablando. Escuche más de lo que hable. No diga que un caballo no puede ganar. No diga que un caballo no puede perder”.

Mientras me acompañan como a una visita, siento haber accedido a un resumen de conducta profesional y de vida. Gracias Don Goyo.“
Arriba, en marzo de 1961, obteniendo con BARBAZUL, el Gran Premio “Sesquicentenario del Grito de Asencio”.
Debajo, con HIDALGO, de punta a punta y por un campo, da cuenta del campeón argentino CASTIGO, montado por Leguisamo, en los 2.500 metros del Gran Premio “Benito Villanueva” de 1945.

Arriba, en marzo de 1961, obteniendo con BARBAZUL, el Gran Premio “Sesquicentenario del Grito de Asencio”.
Debajo, con HIDALGO, de punta a punta y por un campo, da cuenta del campeón argentino CASTIGO, montado por Leguisamo, en los 2.500 metros del Gran Premio “Benito Villanueva” de 1945