HISTORIAS HÍPICAS

EL DATERO

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El dato es en las complicadas cuestiones del turf, un factor de verdadera importancia, un elemento valiosísimo, que entra muy superabundantemente en la composición de cualquier turfmen o aficionado que se precie de tal, y es algo tan imprescindible en el catedrático, como el “rouge” y los polvos, para las niñas bien de la pelousse…

Ningún timbero de esos que tienen “sangre”, ningún sujeto de los de línea, de esos que no por broma faltan al hipódromo los días de reuniones, podría prescindir del “dato”, para jugarse los níqueles o urdir esas maravillosas redoblonas que rara vez se hacen y que dan al Jockey Club un envidiable margen de ganancias.

Nadie, ninguno de nosotros, de los caídos para siempre entre los tentáculos del gran pulpo del turf, sería capaz de ascender a un “bondi”, caminito a Maroñas, sin llevar entre pecho y espalda un dato más o menos seguro, que siempre, y en tanto no llega la dura realidad de la carrera, es algo así como una grata promesa de ganancias sin cuento.

Los “datos”, es una cosa clásica, un elemento primario en la materia hípica y sin ellos no habrían batacazos, ni dopping, ni acomodos, ni pechadas violentas en el codo, ni órdenes desobedecidas, ni carreras ganadas con mal juego. Sin estas incidencias tan sabrosas, el “sport de los reyes” sería tan monótono, que habría concluido ya por aburrirnos. Los hay datos puros, de pedigree, de linaje saneado y mestizos o de paternidad dudosa, como cualquier Plutarco. Pero todos se aprecian y se toman en cuenta, aunque su fuente de origen sea un tanto oscura y provenga del “chafle” de la esquina, o de la planchadora de Moreno…

El origen en estos asuntos tiene una importancia relativa. En ningún lado, como en el turf, se aplican más sabiamente las teorías de Einstein… “Todo es relativo”. “Nada es absoluto”…

Cuanto mayor misterio  tenga la información suministrada, mayor es el efecto. Y si viene de lejos, si ha pasado ya por muchas bocas y llega hasta nosotros aumentado en un 93%, no es cosa de detenerse a averiguar su procedencia, porque a lo mejor, por desconfianza, se desprecia la única oportunidad de llenarse de oro…

Y los dateros tienen en el turf un rol destacadísimo, contribuyendo de manera eficaz a muchas emboscadas y a muchos metejones.

Los hay profesionales, y los hay oficiosos… Los primeros son tipos clásicos, individuos a quienes para distinguirlos mejor debería el Jockey Club munirlos de uniforme, igual que a los porteros… Y si mucho me obligas, concluiré por decir que habilitarlos con alguna pequeña comisioncita, que habrá de permitirles, con, el andar del tiempo, hacerse propietarios y retirarse luego a cuarteles de invierno, como un burgués cualquiera.

Porque los tipos cinchan por el progreso de la institución, igual que si cobraran sueldo. Ellos son los mayores contribuyentes al soberbio edificio que se está levantando en la Avenida. Lo menos hay dos pisos construidos por la benéfica influencia de sus datos. Cierto es que el dinero lo apostaron sus víctimas, pero al fin y al cabo el derecho de prioridad, el privilegio, nadie puede negárselo a esa pléyade de ínclitos dateros.

Son tipos inconfundibles…, típicos. En sus casas, los días de reunión se almuerza tempranito y desde que el sol apunta, ya empieza la “patrona”, los trajines para parar la olla; cuyo equilibrio peligra muchas veces, porque hay épocas críticas en que el fiado anda por las nubes, igual que los garbanzos.

Y almorzado y garifo, hecho ya un Villanueva, caminito a Maroñas, en el “bondi”, empieza a estudiar los candidatos, Siempre existen novatos, tipos que todavía no se han hecho a la “cancha”, que no tienen “carpeta”. Estos son los mejores. Y el datero “engrupe” con sus informaciones, que vienen de una fuente insospechable, envueltas en misterio… La víctima lo escucha convencido de toda su sapiencia. Así en amena charla, llegan hasta el hipódromo y el hombre se despide sin haber “largado prenda”.

Y el pobre diablo, que adivinó o creyó adivinar que el sujeto tenía alguna fija, lo invita a acompañarlo para pasar la tarde juntos, como buenos y antiguos camaradas, Este es el principio del desastre. El datero, que no espera otra cosa, se hace el interesante y con amabilidad exquisita responde que le es imposible.

-“Nos veremos después de la segunda, porque ahora tengo que entrevistarme con X, (aquí el nombre de un sportman de la fama), que me dirá si su caballo va derecho o marcha para los compatriotas del veterano Testa“…

-Bueno, si es imposible, después de la segunda, le espero a Ud., junto a los box del paddock. Y a ver si consigue alguna cosa buena para quebrar la “guigne” y comienza la amistad llenándonos de oro”…

Aceptado este trato, el viejo lince sale a escape y se pierde entre el público, haciendo como que busca al sportman aquel, “ a quien conoce solo por retrato”.

El pobre diablo, la víctima, despunta el vicio jugando unos boletos en las primeras jornadas de la tarde y como siempre pierde.

En tales condiciones, ni que hablar que después de la segunda, se sitúa cerca de los boxes, esperando la vuelta del incipiente amigo.

Este se hace esperar porque conoce el paño y porque sabe que la demora es un factor del éxito. Y cuando nuestro hombre comienza a aburrirse, el datero aparece sudoroso y le toma de un brazo llevándolo a un lugar donde no haya testigos.

-“Tengo un “dato” que no puede perder. Me lo dio el mismo dueño, que se corre una fija. Es jugar y cobrar. Es una “imperdible”, más grande que el Palacio Salvo”.

Entre tanto, las ventanillas amenazan cerrarse, Y la víctima está como sobre ascuas, esperando el nombre del caballo. El datero remacha luego el clavo, confesando que no tiene dinero, porque se jugó todo en la primera a un caballo que le dieron en fija, y al que los otros competidores encerraron al entrar al derecho.

-“Vea, usted, le juega diez boletos al cuatro y me lleva a mi dos. Es una comisión que me merezco, y que no le resultará un perjuicio, porque el caballo gana y por medio derecho”. Y la víctima acepta. ¡Pobre tío si el caballo se impone! El amigo de marras se prende como una sanguijuela y le indica una fija tras otra, con la condición de que le lleve siempre un par de boletos…

Así el datero hace su agosto, si las “fijas” se hacen o deja seco al tipo, si los matungos pierden. Lo esencial es el jugar de arriba.

Otros siguen un sistema distinto. Suministran el dato, y aplican luego el certero sablazo. ¿Y qué individuo que acabe de cobrar gracias a una oficiosa información es capaz de negarle al informante un medio “marinero”… Nadie, es imposible.

Yo conozco un datero, que está ganando plata con un solo cliente a quien da siempre en fija, los caballos cuidados por Naciano Moreno, Y tiene la habilidad para elegirlos, entre todos los que apunta reunión tras reunión, el “mago de Palermo”. A veces  se equivoca en alguno, que paga un elevado dividendo, pero se salva declarando que ganó de sorpresa, porque si a Naciano le gustase, el sport habría sido más pequeño.

Y como ese entrainueur gana todos los días, porque tiene una “potra” formidable, el datero de marras se retira del hipódromo con su ganancia hecha, merced a la generosidad de su cliente, que le regala unas buenas decenas de pesos.

Esto, en cuando a los dateros profesionales. Los oficiosos, los desinteresados, suelen ser los camaradas de café, de taller, de escritorio los simples compañeros, o el amigo periodista a quien informa el cronista de pistas de su diario.

Porque hay tipos así, que dan el “dato” sin que uno se lo pida, de puro quijotismo, por el placer de servirnos de algo, de proporcionar una alegría, o un dolor de cabeza.

Autor: “Last Word” –  seudónimo de Raúl Velazco

Publicado en “Actualidades Deportivas” – Montevideo, 24 de setiembre de 1924