HISTORIAS HÍPICAS

LA JUGADA PERFECTA

CUANDO, BANCANDO EL JUEGO, PERDIÓ EL JOCKEY CLUB

Una tarde de 1955, un apostador realizó una jugada perfecta.
Fue en el clásico Sarandí, en el que corrieron en Maroñas los caballos Scooter y L’Aimant.

Maroñas, domingo 7 de agosto de 1955. Tarde invernal y una jornada más de ese espectáculo tan apasionante que son las carreras de caballos. Se disputaba el clásico Sarandí, a peso por edad sobre 2.800 metros.
Alistaban solamente dos competidores: el N° 1 L’Aimant, 61 kilos, con Manuel de Santis, presentado por el inolvidable Don Pepe De Giuli, y eL N° 2, Scooter, 60 kilos, con Ever Perdomo y al cuidado del maestro Alberto Milia. Scooter, crack de su generación, ‘triple coronado’ el año anterior, casi invicto, que sólo había fracasado en el Ramírez donde Jungle King venció a Dorón, andaba mejor que nunca, vale decir que era una fija imperdible frente a L’Aimant, apenas un buen caballo de handicap y que en los últimos meses había declinado notoriamente.

La carrera, como estaba previsto, no tuvo color alguno. El pingo del stud Gral. Rivera tomó la delantera en cuanto se alzaron las cintas y sin mayor esfuerzo cubrió el primer kilómetro en 1/2″ 3/5, los primeros 2.000 metros en 2’3″, y siguió muy campante, floreando fuerte, hasta completar los 2.800 metros en 2’56» clavados. El de Milia pagó 2,10 a ganador (dividendo mínimo que abonaba el Jockey Club en aquellos años). L’Aimant lo escoltó a diez cuerpos. Pero lo que sí ‘tuvo color’ fue lo que sucedió en el sport de la Pelousse’, a poco de abrirse las ventanillas de apuestas.

Scooter- Nada sabía de pizarras y apuestas Lo suyo era correr.

CINCUENTA MIL A SCOOTER

Un conocido escribano cuyo apellido constaba de cuatro letras y que no faltaba a una sola reunión, ni en Maroñas ni en Las Piedras, depositó en la ventanilla N° 2 la fantástica suma de cien mil pesos y espetó muy tranquilo: «cincuenta mil ganadores a Scooter…» El funcionario que recibía la jugada llamó enseguida al Jefe del Pabellón y éste al Jefe del Sport, pero… la ‘parada’ era perfectamente legal, y el Jockey Club tuvo que bancar la misma como correspondía, entregándole al apostador un acta labrada donde constaba la apuesta, ya que era virtualmente imposible darle 50.000 boletos en vales de 25 ó 50.
Cuando se levantaron las pizarras, un ¡oh! de admiración partió de todas las tribunas, aunque hubo aficionados que creían que se trataba de un error. Pero no había error. El N° 1 L’Aimant estaba cotizado con 162 ganadores y el N° 2 con 60.439. Es decir que había caído el récord de boletos apostados a un caballo en una carrera, en este caso Penny Post (6 de enero de 1950, con 60.053 ganadores). Enseguida empezaron los rumores de toda índole y, como siempre, todos creían tener la justa: que había sido un consorcio, una banca de la otra orilla y, por qué no, un bancario desesperado…

¿QUÉ SUCEDIÓ EN REALIDAD?

En primer lugar, digamos que fue la primera vez, en todo su historial, que el Jockey Club tuvo un trastorno financiero bancando juego en una carrera. Porque el total apostado en el clásico Sarandí fue de 121.202 pesos y, como se pagaron 126.921, se perdieron 5.718 pesos, más los impuestos, suma muy respetable en el año 1955.

El autor material ‘del hecho’ fue un fuerte apostador de aquella época.
Hombre dotado de una inteligencia poco común, ideó en este caso la ‘jugada perfecta’. La misma consistió en apostar 50.000 boletos a Scooter en la pizarra oficial (el escribano ofició de ‘testaferro’). Pero el hombre jugó 10.000 boletos más en ‘la banca privada’.
En el primer caso invirtió 100.000 pesos y cobró 105.000 (ganancia 5.000 pesos), en el segundo invirtió 18.000 pesos (veinte mil, menos la comisión habitual del 10%) y cobró 21.000 pesos (ganancia 3.000).

Pero ahí no paró la cosa, por­que también apostó en la ‘banca privada’ 2.000 ganadores a L’Aimant, es decir que invirtió 3.600 pesos más. En total, ganó 8.000 pesos con Scooter y perdió 3.600 con L’Aimant, es decir que la ganancia líquida fue de 4.400 pesos (el dólar andaba por los dos pesos).

¿Y qué pasaba si el ‘aguilucho’ se caía de la montura del pupilo de Milia o Scooter sufría un accidente y perdía la carrera? Pues el apostador también ganaba, y en este caso una fortuna. Como consecuencia de la cotización de Scooter, su único rival pagaba en la pizarra unos cuatrocientos pesos por cada dos, y en la ‘banca privada’ cien pesos, que en esos años era el dividendo máximo que abonaban los capitalistas. Dos mil ganadores a $ 100 equivalen a 200.000 pesos, menos 3.600 de juego, dejan una ganancia de 196.400.
A esos 196.400 debían deducírseles los 118.000 apostados a Scooter, por lo cual la ganancia se hubiera situado en 78.400 pesos. Una auténtica fortuna.

OTRAS CURIOSIDADES

Lo curioso del caso -digno de Ripley- es que la ‘banca privada’ también ganó porque perdió 3.000 pesos por los diez mil boletos que banco a Scooter y ganó 3.600 con los dos mil boletos de L’Aimant.
El único damnificado en este caso fue el Jockey Club.
Por ese motivo, el día jueves 11 de agosto del año 1955, se reunía en sesión extraordinaria el Consejo Directivo de la entidad rectora del turf, bajo la presidencia del doctor Asdrúbal Delgado, resolviendo que a partir de la fecha, el dividendo mínimo en todas las carreras que se disputaran en el Hipódromo de Maroñas fuera de dos pesos, es decir que se eliminaban los ‘famosos’ 0,10 (diez centesimos), causantes de aquella ‘quiebra de Wall Street’

 

 

Autor: Soliloquio (Guzmán Aguirre Ramírez) – Agosto de 2003
Publicada en la columna “Máscaras al Galope” de la revista “Caras y Caretas”